Fuegos artificiales…

Fuegos artificiales…
21 julio, 2014 Sheila Curiel

Lo que más me gusta de esta ciudad es que da igual lo raro que seas, el color de tu piel, tu manera de vestir, el color de tu pelo, o el número de tatuajes o pendientes que llevas. Si miras al suelo, bien. Si cantas en alto, bien. Si hablas solo… Bien también. En Nueva York todo vale y nadie te juzgará por ser como eres. Eso hace que ser uno mismo sea mucho más sencillo.

Nueva York está lleno de artistas callejeros, jóvenes que bailan hip hop o se deslizan entre las barras de metal del metro como si fueran de chicle, violinistas, cantantes, incluso de ópera… Todo lo que te puedas imaginar. En esta ciudad, como en muchas otras, el arte está en la calle. Todos los días, al volver de clase, veo a la misma mujer en la estación del Subway. Va vestida de manera muy sencilla, casi de andar por casa, con su pelo rizado y sus gafas de sol. Siempre está en el mismo sitio, acompañada de su altavoz y de una caja llena con sus cds de música. Debió tener su momento de gloria en los años 80-90, ya que las portadas de los discos dejan ver un look al más puro estilo de aquellos años. En cada nota, en cada canción, con una voz al más puro estilo del jazz americano, desgarrada y limpia a la vez, abre su alma a los que allí esperamos la llegada del tren. La gente deja dólares en esa caja desgastada por el uso, ella les sonríe, les bendice y les dedica la siguiente nota. Hay gente que debería estar sobre un escenario y no en la estación de metro. La vida es injusta.

Es increíble como, de pronto, los planetas se alinean y todo empieza a suceder sin apenas darte cuenta. Una sesión de fotos por aquí, maquillas y te sientes como un niño pequeño con zapatos nuevos… Una colaboración como fotógrafa por allí. La creatividad se dispara y la gente que acabas de conocer se vuelve cada vez más interesante. Pasan cosas diferentes todos los días, no puedes hacer planes o decir “hoy me quedo en casa”. Hay tantas cosas que hacer, que quedarte en casa es prácticamente imposible. Pasear por Central Park o perderte por las calles de Soho…

El tiempo en esta ciudad pasa muy deprisa. Las horas se van como los pájaros cuando emigran y buscas la manera de estirar los minutos, pero es imposible. Creo que los días aquí deberían tener al menos 10 horas más para que tuviese sentido…

Entonces, sin apenas darme cuenta, llegó el 4 de Julio. Ese mismo día, en el año 1776 se reunieron 56 congresistas estadounidenses para aprobar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos que Thomas Jefferson redactó con la ayuda de otros ciudadanos de Virginia. Sin duda, un día importante para los americanos.

A la espera de la visita del huracán Arthur, que acechaba Nueva York, no lo celebré por todo lo alto, pero no quería perderme la explosión de patriotismo americano en un día tan especial para ellos. Me habían hablado de los famosos fuegos artificiales que se alzarían sobre el río Hudson para que el barrio newyorkino de Brooklyn no se perdiese ni un solo detalle. Se escuchaban rumores de cancelación y no quería creer que ese dichoso Arthur fuese a fastidiarlo todo. El día estaba raro, y todo apuntaba a que nos perderíamos el aclamado momento. Pero, finalmente, Arthur nos dio tregua y una avalancha humana comenzó a invadir las calles para ver aquel maravilloso espectáculo.

Me desplacé hasta Brooklyn para vivirlo lo más cerca posible. Siempre que veo fuegos artificiales me acuerdo de mi madre, a las dos nos encantan y los disfrutamos como si fuésemos niñas. Así que, en ese momento, estaba especialmente pensando en ella. No nos dejaron llegar hasta la orilla del río por la cantidad de gente que había por la zona, pero nos mezclamos con los vecinos de aquel barrio y me sentía como una newyorkina más entre aquella marabunta.

Cuando comenzaron los fuegos se veían muy lejos y eran muy bajos… Me decepcioné por un momento, ya que me esperaba mucho más. Como era posible que alguien que hace espectáculo de cualquier cosa, está vez, y en tan importante ocasión, fuera a decepcionarme. Me había adelantado en mi decisión, lo mejor estaba por llegar y, como siempre, acabaría sorprendiéndome.

Aquellos fuegos que no me habían sorprendido solo eran los preliminares, minutos después, cuatro enormes y altas columnas de fuegos artificiales, con el blanco, el azul y el rojo como colores principales, iluminaron el skyline nocturno de Nueva York. Ahora si que estaba viendo un buen espectáculo. A esto me refería. La gente a mi alrededor gritaba y silbaba. Alzaban los brazos y aplaudían con una fuerza desmesurada. Había pasión en sus miradas. Era su día, su momento, su celebración esperada. Me estremecí y sonreí feliz al ver como se iluminaba el cielo. Creo que fue el momento en el que realmente me di cuenta que estaba donde tenía que estar, que ya no me hacía falta pellizcarme para darme cuenta que todo lo que está pasando es real.

Aquellos fuegos artificiales, para mi, significaron mucho más que el día de la independencia estadounidense.

Seguiré caminando por las calles de está ciudad que me enamora cada día, viendo a los artistas callejeros, y dejando algún dólar de recompensa por amenizarme el paseo.  No importa lo deprisa que pasen los minutos, las horas y los días, al final, iré más deprisa que ella.

Nueva York, puedes correr todo lo rápido que quieras. Te piso los talones y aún no estoy cansada.

Te alcanzaré.

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